Quisiera hacer una larga exposición que dividiré en cinco entradas sobre un tema bastante interesante: el bioterrorismo y la guerra biológica. En esta primera entrada introduciré los términos (una buena definición nunca está de más) y comentaremos un poco la historia de esta modalidad de armas de destrucción masiva. En la próxima entrada veremos cómo se clasifican y cuáles son sus características. En los dos siguientes capítulos hablaré un poco sobre cuáles son los agentes que se usan para fabricar un arma de este tipo o para realizar un ataque terrorista y comentaremos cuáles son los mejores en base a sus características, al tipo de enfermedad que producen o la batería de defensas que tienen los gobiernos frente a ellos. Por último, comentaremos cuáles son las respuestas gubernamentales y cómo están preparados los países ante estas amenazas.
INTRODUCCIÓN
Pero… ¿qué es el bioterrorismo? O mejor aún, ¿qué es la guerra biológica o las armas biológicas?
Creo que todos hemos oído hablar de las Armas de Destrucción Masiva. El origen del término se ha de buscar en 1991, en plena Guerra del Golfo contra Irak, país al que se le acusaba por aquel entonces de tener este tipo de armas, y hace referencia a los artefactos nucleares, químicos, radiológicos y biológicos. Aquí en España se han creado unidades especiales de defensa (como en muchos otros países), para hacer frente a la amenaza que suponen estas armas; esas unidades se denominan bajo las siglas NRBQ (las siglas de armamento Nuclear, Radiológico, Biológico o Químico).

Lógicamente, suponen una enorme amenaza ya que tienen un poder destructivo mucho mayor que las armas convencionales, a pesar de que son éstas las que producen mayor número de muertos (por mayor frecuencia de uso, claro). El armamento NRBQ favorito del público, por mayor conocimiento a través de películas, novelas y una larga tradición de amenaza de su uso (habiendo sido dos veces empleadas), son las nucleares. Menos conocimiento tenemos de las biológicas y las químicas, aunque, como veremos, también constituyen una amenaza muy grave (como ha quedado demostrado cuando han llegado a ser usadas).
Un arma biológica o bioarma (1) no es más que un patógeno que se usa como arma de guerra o para realizar un atentado. Pueden ser bacterias, virus u otros organismos que causen enfermedades (que puedan llegar a incapacitar o matar), bien en los seres humanos, bien en el ganado o bien en las cosechas (estas dos últimas dianas eran muy importantes en tiempos de guerra en épocas pasadas y lo siguen siendo hoy día). También quedan incluidos aquí los productos de los organismos vivos, como las toxinas. Se diferencian de las armas químicas en que estas últimas emplean productos químicos tóxicos (aunque la frontera es un poco difusa y algunas veces, según el criterio empleado, puede variar la clasificación).
¿Y cómo de dañinas son las bioarmas? Bueno, pues pongamos aquí un extracto de un estudio (2) que compara las Armas Biológicas con el daño producido por las Armas Nucleares y las Armas Químicas. En dicho estudio se hace una comparación de la extensión y mortandad desencadenada por diferentes armas de destrucción masiva portadas por un misil Scud sobre Washington DC:
– 300 kg de gas sarín (arma química) se extendería con una tasa de 70 mg al min/m3, llegaría a ocupar 0,22 km2 y producirían de 60 a 200 muertos.
– 30 kg de esporas de carbunco (arma biológica) se extendería con una tasa de 1 mg al min/m3, llegarían a ocupar 10 km2 y producirían de 30.000 a 100.000 muertos.
– Una bomba atómica de 125 kilotones (como la de Hiroshima), ocuparía 78 km2 y produciría 23.000 a 80.000 muertos.
– Una bomba H de 1 megatón, ocuparía 190 km2 y produciría de 570.000 a 1.900.000 muertos.
Así pues, vemos que determinadas armas biológicas pueden tener un poder de destrucción mayor al que tuvo la bomba más poderosa jamás lanzada sobre la población (que no la más poderosa jamás creada). Además, las armas biológicas y químicas no causan daños a las infraestructuras, lo que podía parecer, a priori, una clara ventaja de estas armas sobre las nucleares o las convencionales (imagínate poder acabar con todo un ejército enemigo e invadir luego su país, que no ha quedado afectado en cuanto a lo que edificios, carreteras e infraestructuras se refiere). Sin embargo, este tipo de armas, especialmente las biológicas, tienen un claro inconveniente que ha frenado mucho su uso; ¿quién te dice que los patógenos o las toxinas lanzadas contra el enemigo no se volverán también contra ti? Puedes lanzar, por ejemplo, miles de esporas de carbunco contra el enemigo, pero no tienes la seguridad de que no afecte a tu ejército o a tu población civil con un simple cambio en el viento. También cabe la posibilidad de que infectes con viruela al enemigo para que luego la enfermedad se acabe extendiendo también entre tus tropas, etc.
Por eso, las bioarmas, a pesar de muchos intentos en su desarrollo, no son las armas de destrucción masiva favoritas de los ejércitos. Sin embargo, si hablamos de bioterrorismo, la cosa cambia; a fin de cuentas, si eres un grupo terrorista que va contra todo un país y no tienes escrúpulos para matar a la población civil, o, si eres un lobo solitario Unabomber y sólo quieres causar caos, o una secta que va contra todo y quiere provocar alarma social, puede que estas armas sí cobren importancia. Por algo han sido bautizadas como las “armas nucleares de los pobres”; desarrollar un arma NRBQ del tipo nuclear no está al alcance de cualquiera; pero si hablamos de armas químicas o biológicas, vemos que no es tan complicado si se disponen de medios y conocimientos adecuados…
HISTORIA DE LA GUERRA BIOLÓGICA
El descubrimiento de los microorganismos es muy reciente, pero incluso antes de eso la gente ya conocía medios para usar microorganismos como armas. Puede que hace siglos, incluso en el Mundo Antiguo, no supieran qué era un virus, pero bien que sabían que tirar animales a un pozo de agua podía hacer que contrajeras una enfermedad al beberla. ¿Por qué se contraía? “Pues mira, ni idea”, se dijeron, o dieron una explicación que la ciencia, más tarde, ha demostrado como errónea. Pero si servía para fastidiar al enemigo, sobraban las preguntas.
Así hicieron griegos, persas, romanos… E incluso se ha hecho en épocas más recientes (3) como es el caso de la Guerra Civil estadounidense, cuando las tropas confederadas tiraron cadáveres de ovejas y cerdos enfermos en las reservas de agua de la Unión.
El caso más antiguo de guerra biológica del que se tiene noticia (4) está recogido en textos hititas del 1500 – 1200 a.C. aunque no se empleó ninguna bioarma per se; simplemente hicieron que unas cuantas víctimas de la peste fuesen conducidas a tierras enemigas, para diseminar por allí la enfermedad. También tenemos múltiples testimonios de arqueros que, en diferentes culturas, han untado con veneno de animales las puntas de sus flechas.
NOTA 1: A lo largo de la historia, numerosos venenos han sido usados en diferentes culturas para edulcorar las puntas de las flechas. Así, en América del Sur nos encontramos con el curare, extraído más frecuentemente de la corteza de Strychnos toxifera. El curare es un antagonista competitivo que bloquea los receptores nicotínicos de acetilcolina en la membrana postsináptida de la unión neuromuscular, lo que origina la relajación muscular, con la subsiguiente muerte por asfixia al paralizar el sistema respiratorio (los músculos se relajan y ya no funcionan, de modo que el sujeto no puede respirar).
En África se extraía veneno de plantas que contienen glucósidos cardíacos (con efectos cardáicos parecidos a la digital). Cabe destacar:
– Acokanthera ouabaio: se extrae ouabaína (también puede extraerse de la planta Strophanthus gratus). Este poderoso glucósido cardíaco tiene un efecto terapéutico muy cercano a la dosis tóxica; al inhibir la bomba sodio-potasio ejerce un efecto inotrópico positivo y cronotrópico negativo, de modo que aumenta las presiones arteriales y disminuye la frecuencia cardíaca. La muerte se produce por paro cardíaco. Ha sido ampliamente usado por tribus somalíes, etíopes y otras tribus del este de África, que empleaban la corteza y las hojas de las plantas citadas, hirviéndolas a fuego lento. Luego mezclaban lo obtenido con un jugo de alquitrán negro, y en esa mezcla mojaban la punta de la flecha.
– Strophanthus hispidus (también conocida como estrofanto): se extrae Inee u Onaye, un veneno que contiene un glucósido cardíaco conocido strofantina. En este caso se empleaban las semillas, que desprenden el veneno al ser comprimidas. A bajas dosis pueden dar un efecto parecido a la digital, pero en dosis tóxicas producen muerte por parada cardíaca. Muy usado en regiones subsaharianas de África occidental, como Togo o Camerún.
Hay más venenos que no caben en esta pequeña nota. No se descarta una entrada exclusiva para este tema en un futuro.
En la Edad Media ocurre uno de los acontecimientos de guerra biológica más citados (5); por entonces ya se sabía el carácter de transmisibilidad de determinadas enfermedades, aunque aún no se supiese la razón exacta. Es por ello que los mongoles de la Horda Dorada (que dominó gran parte de Rusia y Ucrania), durante el sitio de una colonia genovesa en Crimea llamada Kaffa (hoy es Feodosia, Ucrania) lanzaron con catapultas cadáveres de sus propios soldados muertos a la ciudad enemiga, a sabiendas de que lo que había matado a esos soldados también mataría a los genoveses que se refugiaban allí… Y así fue; se desencadenó una epidemia de peste que obligó a los genoveses a rendirse y a volverse a Génova, en Italia, lo cual pudo ayudar (o incluso ser el origen) a expandir la peste bubónica (la tan famosa Peste Negra, en la que falleció más de 1/3 de la población de Europa). Esta táctica de catapultar cadáveres sería empleada también por los husitas (seguidores de Jan Hus, un teólogo checo que hoy tiene hasta estatuas en medio de Praga) o los rusos (contra los suecos, en 1710) (6).
Como anécdota, señalar que los arqueros ingleses de finales de la Edad Media, que portaban unos arcos que eran la envidia de por aquel entonces (por su buena madera, que los hacía resistentes y muy potentes), solían clavar las flechas que iban a arrojar en el suelo, de forma que (inconscientemente), transmitían muchos patógenos que hubiera en la tierra a los enemigos que alcanzaban.
Siguiendo este recorrido histórico, llegamos al que ha sido, con diferencia, uno de los mayores desastres demográficos de todos los tiempos. Me refiero, cómo no, a La conquista de América por las potencias europeas, en las que las enfermedades jugaron un papel fundamental. No quiero profundizar mucho en este tema, así que sólo señalar que, si bien en muchos casos la transmisión no fue intencional (de hecho, en algunas ocasiones los españoles señalaron que pensaban que Dios les ayudaba en la conquista al llegar a una región después de que lo hubiesen hecho la viruela o el sarampión –puesto que las enfermedades viajaban más rápido que los soldados- y encontrarse que conquistarla era considerablemente fácil al estar la población diezmada), en otros casos sí fue intencional; en América del Norte sí que hay pruebas (7) de que se trató, e incluso se logró, transmitir de forma intencional la viruela contra los nativos norteamericanos, concretamente, los indios Pontiac, en la región de Delaware y Ohio.
Algunos aborígenes australianos mantienen (8) que los británicos hicieron con ellos lo mismo que con los indios norteamericanos; intentar diezmarlos con viruela. Al parecer, es un tema de discusión incluso hoy día si eso es verdad o no. Es innegable que los aborígenes australianos también sufrieron a causa de la viruela; pero que su propagación fuese usada como arma por los ingleses no está tan claro (podría ser, pero los historiadores discrepan unos con otros, siendo actualmente un tema de discusión).
Ahora agarraos, que vienen curvas… Con el descubrimiento de los microorganismos y con el desarrollo de la capacidad de aislarlos y cultivarlos, muchos se empezaron a estrujar las meninges de cómo hacer efectiva su transmisión a las tropas enemigas o a la población civil del país con el que se está luchando, o cómo destruir cultivos o acabar con el ganado de los contrincantes. Vamos, que se pensaban que esos “bichitos”, los cuales se habían descubierto como los responsables de terribles enfermedades que causaban la mayor parte de la mortalidad mundial, podían servir como arma arrojadiza contra el enemigo. En vez del lanzamiento a base de catapulta de los cuerpos de soldados amigos fallecidos por la enfermedad, o de entregar unas mantas roñosas a unos indios, ahora se veía la posibilidad de lanzar contra el enemigo al parásito que causaba la enfermedad en un cultivo artificial…
La I Guerra Mundial fue el primer intento a gran escala de usar esta nueva arma (1). Así pues, Alemania fue acusada de introducir el cólera en Italia y San Petersburgo; esto no se sabe con certeza, pero sí se conoce que este país tenía un ambicioso programa de guerra biológica. Para empezar, los alemanes prepararon cultivos de Bacillus anthracis y Burkholderia mallei para contagiar al ganado que servía de sustento a las tropas rusas, aunque sus cultivos bacterianos fueron confiscados en Bucarest, Rumanía. También se reportaron brotes en el ganado procedente de EEUU, España, Argentina y Noruega, aunque diferenciar entre un brote natural y otro intencional era algo complicado. Parece ser que también los fineses usaron ántrax para intentar acabar con los caballos de las tropas rusas.
Sin embargo, estos incidentes apenas tuvieron peso en esta contienda. Además, las armas biológicas se vieron eclipsadas por un invento que a los contendientes les fascinó (y horrorizó, depende si preguntabas a quien lo tiraba o lo recibía): las armas químicas. Fue en Ypres (1), Bélgica, donde hizo por primera vez su entrada tristemente triunfal el tan conocido gas mostaza (de hecho, se le conoce también como iperita). El poderío de las armas químicas en los campos de Flandes hizo que la investigación se centrase en estas armas, en detrimento de las armas biológicas. Se calcula que hubo en torno a 90.000 muertes por este tipo de armas y 1.300.000 bajas no mortales. En 1925 se firmó en Ginebra el famoso Protocolo que lleva el nombre de dicha ciudad y que prohíbe el uso (es importante recalcar que prohibía solamente el uso) durante la guerra de gases asfixiantes, tóxicos o similares, así como las armas biológicas; pero no dice nada de la producción, la compraventa o la transferencia de las mismas. Además, las potencias mundiales, incluso las que tenían soldados que habían sufrido en sus propias carnes lo que puede hacer el gas mostaza, no hacían mucho caso del Protocolo cuando se trataba de sus propias guerras coloniales: Gran Bretaña en Irak (1919), España y Francia en Marruecos (1921-1927), Italia en Abisinia (1935-1936)… No sólo eso; incluso antes de comenzar la II Guerra Mundial los programas de investigación de armas químicas y biológicas siguieron su curso aun cuando habían firmado el Protocolo de Ginebra (aunque, recordemos, el Protocolo no prohibía la investigación).
Creo que, a partir de este conflicto, sería correcto ir diciendo lo que cada país hizo con respecto a las armas biológicas, puesto que sus proyectos, métodos, planificaciones e incluso objetivos, variaron entre cada país y se modificaron con el tiempo.
JAPÓN
Los que se llevaron la palma investigando las bioarmas antes y durante la II Guerra Mundial, quizás por los métodos crueles que emplearon, fueron los japoneses. Tras invadir Manchuria (China) en 1931, instalaron numerosos centros de investigación, de forma que en 1936 ya se había construido un complejo entramado que se pasó a denominar Unidad de Prevención Epidémica y Sección de Purificación de Agua del Ejército de Kuantung. En 1941 volvió a cambiar el nombre y se convirtió en la tristemente célebre Unidad 731.
Los japoneses en la guerra hicieron muchas salvajadas; eso es innegable. La masacre de Nankín (donde las cifras de muertos se estiman entre 100.000 y 300.000), la ejecución de prisioneros de guerra desarmados, las esclavas sexuales e incluso casos de canibalismo, están documentados y no hay posibilidad de negar esas negras páginas en la historia de Japón. Pero es que la Unidad 731 alcanzó cotas de crueldad difícilmente imaginables…

Al frente de ella se encontraba el Teniente General Shiro Ishii, un prestigioso bacteriólogo japonés, al cual no le importó experimentar con seres humanos para llevar a cabo sus investigaciones. Así pues se realizaron experimentos que incluían inocular enfermedades a prisioneros para ver de qué forma morían, cuánto tardaban en morir o cómo de patógena era la cepa de bacterias que se empleaban. Usaron de todo: Bacillus anthracis, Neisseria meningitidis, Vibrio Cholerae, Yersinia pestis, toxinas como la botulínica o ricina etc. (1). La mortalidad entre los prisioneros era elevadísima y aún hoy día es difícil de establecer las cifras exactas; se estima que pudieron morir 10.000 prisioneros chinos, coreanos, rusos, mongoles y europeos a causa de la experimentación o ejecutados tras la experimentación (al ser considerados inservibles). También se estiman 260.000 muertes en varias ciudades chinas por la contaminación de las aguas y los alimentos, por la diseminación de los cultivos microbianos o por la liberación de insectos capaces de transmitir enfermedades. Como ya dije antes y luego ampliaremos, uno de los principales inconvenientes de este tipo de armas es la posibilidad de que su daño no se limite sólo al enemigo, sino que también afecte a tus propios soldados; así pues, se estiman 1.700 muertes por cólera y 10.000 casos de esta enfermedad entre las tropas japonesas en 1942, todo ello por errores debidos a la falta de entrenamiento de algunos miembros del personal que realizaban los experimentos (9).
No sólo eran experimentos con bioarmas lo que se hacía; también se llevaron a cabo múltiples operaciones quirúrgicas (muchísimas de ellas sin anestesia) o vivisecciones (10), para comprobar diferentes técnicas de cirugía o la velocidad de pérdida de sangre de los prisioneros. Las amputaciones se hacían con los pacientes vivos, puesto que se pensaba que la putrefacción cadavérica afectaría al resultado en lo que al estudio histológico se refiere. Las víctimas de las vivisecciones abarcan un gran abanico, desde niños pequeños, pasando por mujeres embarazadas y hombres adultos e incluso ancianos. También realizaron experimentos con lanzallamas o granadas, atando a prisioneros a postes y atacándolos, para ver de qué forma actuaban estas armas y de qué modo morían (11).
Para poder imaginarse el grado de crueldad alcanzado para con las pobres personas que pasaron por allí y fueron víctimas de los experimentos más atroces, baste con saber que el personal japonés de la Unidad 731 no se referían a ellas como personas, sino, a modo de broma, como “troncos” (maruta, 丸太), ya que, al parecer, algunas de las instalaciones figuraban de manera oficial como aserraderos, para ocultar lo que en ellas se hacía realmente (12). Una curiosa forma de deshumanizar a los prisioneros. Realmente, cuesta imaginarse todo lo que sucedió allí pero, por desgracia, fue real. Aún hoy las víctimas o sus familiares están luchando porque Japón pida perdón por lo sucedido (cosa que jamás han hecho, incluso hoy día hay un amplio sector de los conservadores japoneses que tratan de negar lo ocurrido o minimizarlo).
Pero por todas estas burradas que los japoneses llevaron a cabo… ¿Se llevaron una buena y justa condena? Pues quizás esto sea lo más lamentable; muchos se fueron de rositas, recibiendo una amnistía de forma secreta por el general estadounidense Douglas MacArthur, a cambio de toda la información que habían recabado en los experimentos (pensaba que era una información valiosísima que se podría emplear en la inminente guerra fría contra la URSS que se avecinaba). Nueve médicos y enfermeras japoneses fueron condenados tras la guerra por la vivisección de ocho pilotos norteamericanos prisioneros, sí, pero Shiro Ishii y bastantes de sus colaboradores recibieron inmunidad. Incluso pudieron seguir en Japón con sus negocios, algunos, como el propio Ishii, dedicados a la Medicina (abrió una clínica y falleció a los 67 años sin ser jamás procesado por ningún crimen de guerra) (13). No sólo es nauseabundo que nunca pagaran por lo que hicieron gracias a la información que habían obtenido torturando y asesinando a miles de personas; es que, además, Ishii estaba entusiasmado con la idea de que las armas biológicas que desarrolló se usaran en la Guerra en el Pacífico contra la población estadounidense, australiana, filipina o indonesia.
La Unión Soviética, por otra parte, capturó a algunos de los soldados japoneses que habían participado en los experimentos y llevó a cabo los Juicios sobre crímenes de guerra de Jabárovsk (una ciudad rusa en el Lejano Oriente, en la frontera con china). Entre algunos de los capturados se encontraba Otozo Yamada, comandante y participante de la Unidad 731, pero no había mucha más gente perteneciente a los altos mandos. El juicio se celebró en diciembre de 1949 y una transcripción parcial del juicio se ha traducido a diferentes idiomas, siendo una fuente fundamental sobre la organización y las actividades de los intentos de la guerra biológica. Podéis descargaros y leer, en inglés, dicha transcripción aquí. El juicio acabó con doce criminales de guerra declarados culpables y condenados a penas de entre 2 y 25 años de trabajos forzados. Los encausados que no fueron declarados culpables fueron repatriados a Japón.
Señalar que no sólo existía la Unidad 731, sino que otros centros (14) fueron establecidos en diferentes ciudades de China, aunque con menor importancia y no todos ellos dirigidos a la investigación de bioarmas, sino que algunos estaban implicados en el desarrollo de armas químicas. Esos centros eran: Escuadrón 516 (Qiqihar), el Escuadrón 543 (Hailar), el Escuadrón 773 (Songo), el Escuadrón 100 (Changchun), el Escuadrón 1644 (Nankín), el Escuadrón 1855 (Pekín), el Escuadrón 8604 (Cantón), el Escuadrón 200 (Manchuria) y el Escuadrón 9420 (Singapur).
Terminando ya con Japón, comentar únicamente que sus actividades en este campo terminaron tras finalizar la II Guerra Mundial y que las instalaciones (que llegaron a constituir unos 150 edificios) de la Unidad 731 están abiertas al público en China, de forma que se pueden visitar en memoria de lo que allí ocurrió. Los japoneses habían construido los edificios de una forma tan sólida que cuando dinamitaron todo en un intento de borrar lo que allí habían hecho, muchos de esas instalaciones sobrevivieron.
ALEMANIA
Todos sabemos que los nazis no tuvieron escrúpulos algunos en usar a prisioneros de campos de concentración o de exterminio para realizar experimentos atroces; se tiene constancia de que se llevaron a cabo experimentos con Rickettsia prowazekii, el virus de la Hepatitis A o el Plasmodium, inoculándolos a personas recluidas en esos campos. Pero, curiosamente, la Alemania nazi no tuvo nunca especial interés en llevar a cabo investigaciones sobre armas biológicas, más bien eran investigaciones sobre vacunas o cepas de interés para los científicos de Alemania.
Eso no quita que Alemania no estuviera intentando desarrollar otras armas de destrucción masiva, como las armas nucleares, o que el resto de potencias no tuviera miedo ante la idea de que los nazis estuvieran interesados en las bioarmas. Así pues, en respuesta a una amenaza que nunca se materializó, algunas de las potencias aliadas desarrollaron un importante programa de desarrollo de bioarmas, como vemos a continuación.
CANADÁ Y REINO UNIDO

Canadá puso al frente de las investigaciones que se realizaron en este campo a un premio Nobel, Frederick G. Banting. Este hombre es la persona que más joven ha recibido el premio Nobel en el campo de la Fisiología y la Medicina, a los 32 años, por el hallazgo de la insulina (hallazgo que realizó junto a Charles Best).
Banting realizó muchas investigaciones durante el transcurso de la guerra, desde su posición como mayor del Cuerpo Médico y jefe de la sección médica del Consejo Nacional de Investigaciones de Canadá, y no todas ellas tuvieron que ver con el desarrollo de bioarmas; investigó sobre la silicosis, el ahogamiento, los síncopes que sufrían los aviadores que alcanzaban velocidades muy altas o las quemaduras del gas mostaza que tantos estragos había causado en la guerra anterior… Incluso se provocó algunas pequeñas quemaduras con la susodicha sustancia para ver si los antídotos que se desarrollaban eran eficaces o no.
En cuanto a las armas biológicas, se tiene constancia (15) de que Banting estudió la diseminación de bacterias mezcladas con serrín y dispersadas en el aire desde un avión. El Premio Nobel falleció poco después de estos experimentos en un accidente aéreo, cuando iba a reunirse con sus homólogos británicos para intercambiar impresiones en cuanto a los desarrollos llevados a cabo en estos campos de investigación.

Los británicos habían hecho un cuartel general para la investigación en armas químicas y biológicas en Porton Down, un parque científico cerca de Salisbury, que abrió en 1916 y ya por aquel entonces se encargaba de la producción de armas químicas. Durante la II Guerra Mundial, preocupados por la posible amenaza de que los nazis desarrollaran bioarmas, se decidió llevar a cabo un importantísimo experimento (16) en 1942, consistente en llevar a ochenta ovejas a una islita deshabitada en Escocia, para ser bombardeadas con esporas de Bacillus anthracis. El experimento fue un éxito; todas las ovejas murieron en unos pocos días y la isla quedó cerrada durante 40 años, debido al alto riesgo que podía correr cualquiera que pusiera un pie en ella. Se rodaron unos minutos del experimento en películas de 16 mm y se desclasificaron en 1997; en una secuencia vemos cómo la bomba se detona y sale una nube marrón que el viento dirige hacia el ganado ovino. Luego vemos cómo las ovejas van muriendo y los responsables del experimento, enfundados en trajes especiales, las van recogiendo e incineran los cadáveres. Si alguien quiere ver esa maravilla, que pulse aquí

Al final la isla tuvo que ser limpiada por la presión mediática, que lo exigía. Incluso unos activistas llegaron a la isla en los 80 y recogieron varios kilogramos de tierra, que estaba contaminada con ántrax, y amenazaron con enviar muestras de esa tierra cargada con esporas a varios puntos “apropiados” si no se limpiaba la isla. El proceso (llamado “Operation Dark Harvest”) fue costoso y se usó un tratamiento con formaldehído disuelto en agua de mar para limpiar la isla. Ahora parece ser que ya es segura y puede ser visitada.
Visto lo visto, Winston Churchill encargó a los norteamericanos que hicieran unas 500.000 bombas de carbunco, por si tenía que usarlas sobre las ciudades alemanas en respuesta a un ataque con este tipo de armas. Por fortuna, esas armas nunca llegaron a usarse. Los británicos también idearon un plan en base a este experimento, en 1942, el cual consistía en hacer tortas de pienso con esporas de ántrax dentro y lanzarlas sobre los campos de Alemania. Esas tortas serían comidas por el ganado; el problema es que ese ganado sería luego también consumido por la población civil, de modo que morirían millones de ciudadanos alemanes al comer carne contaminada con carbunco. Este plan (bautizado, en un fino alarde de humor inglés, como Operación Vegetariana (17)), sólo debía ser llevado a cabo si Inglaterra sufría un ataque con armas biológicas por parte de los nazis. De nuevo, no hizo falta que se llevara a cabo.
Reino Unido abandonó rápido su carrera armamentística biológica (1), decidiendo enfocarse en el desarrollo de otras armas e investigar este campo sólo con fines defensivos. Cabe destacar un experimento; desde Porton Down se tomó la decisión de liberar Bacillus subtilis (una bacteria capaz de formar esporas, tal y como lo haría el carbunco, pero sin ser patógena en humanos) en el metro de Londres, para ver hasta dónde se dispersaba… 16 km consiguió recorrer la bacteria, contaminando los trenes por dentro y fuera.
ESTADOS UNIDOS
Ahora pasamos a los grandes de los grandes, a los pesos pesados de todo este asunto. Hasta ahora todo lo visto, todas las investigaciones y toda la producción de este tipo de armas, queda en paños menores frente a lo que hicieron EEUU y la URSS una vez acabada la II Guerra Mundial. Lo de los japoneses nos ha impactado por la crueldad de sus métodos, pero su producción de bioarmas jamás alcanzó las cotas que alcanzarían estas dos superpotencias en una frenética carrera por armarse ante el temor de que el contrario estuviese mejor preparado.
Para EEUU, la carrera armamentística biológica comienza en 1942. Por aquel entonces era una agencia civil, la War Reserve Service, la que se ocupaba de que todo el programa biológico ofensivo funcionara. Como vimos, por encargo de Churchill se pusieron a producir patógenos como churros; no sólo bombas con Bacillus anthracis, sino también toxina botulínica, Francisella tularensis, Brucella suis, Coxiella burnetii, enterotoxina B del Staphylococcus aureus… En los últimos años de la guerra (1944), los americanos podían producir unas 50.000 bombas cargadas de agentes biológicos al mes (1).
Como recordamos, los crueles estudios japoneses dieron una valiosa información a los americanos acerca de cómo fabricar estas armas o los patógenos más adecuados para ellas, de modo que, finalizada la guerra y entrando en los años más duros de la Guerra Fría, EEUU se puso a hacer bioarmas como si no hubiese un mañana. Se creó el USAMRIID en 1969, siglas para US Army Medical Research Institute for Infectious Diseases, que tiene su base en Fort Detrick (Maryland), aunque en este sitio ya se llevaban años de investigación en el campo de armas biológicas. Actualmente el USAMRIID sigue en activo, aunque ahora sólo para actividades de defensa frente a bioterrorismo o guerra biológica, no con programas ofensivos. Por cierto, los conspiracionistas están obsesionados con Fort Detrick y piensan que de aquí salió el VIH, creado de forma artificial para acabar con los homosexuales. Cosa que es… Como decirlo… ¿Una chorrada? Ya quedó ampliamente demostrado que las teorías de Jakob Segal, quien defendía esa conspiración, no tienen fundamento.

EEUU no sólo investigó a fondo los patógenos más adecuados para emplear en armas biológicas, sino que también estudió los medios adecuados para su dispersión y aerosolización. A fin de cuentas, tan importante es tener el patógeno como tener un medio adecuado para que se pueda dispersar por la población que sea objetivo. Como lo de experimentar con humanos en campos de concentración está mal visto, las autoridades estadounidenses decidieron… Pues experimentar con humanos, con la propia población norteamericana, sin avisarles de nada. En serio, como suena, una vez diseñados los aparatos adecuados para poder dispersar el patógeno, decidieron que el siguiente paso más lógico era usar cepas no patógenas o microorganismos parecidos a los que se usarían en un ataque biológico, pero que no fuesen virulentos y que fuesen fáciles de identificar (para comprobar hasta dónde lograban dispersarse tras liberarlos en el ambiente).
Que se sepa (1) se hicieron 239 experimentos de dispersión en zonas pobladas de Minneápolis, Cayo Oeste, San Luis, Ciudad de Panamá, en el metro de Nueva York, en el aeropuerto de Washington y en San Francisco. También se hicieron pruebas con voluntarios sanos.
Entre las pruebas de dispersión, cabe destacar que en una prueba conocida como Operation Sea-Spray, la Marina liberó en la bahía de San Francisco una cepa de Serratia marcescens, un bacilo gramnegativo de la familia Enterobacteriaceae. Quizás se escogió porque es muy fácil de identificar; crecen en cultivos de medio sólido con un intenso color rojo, de modo que sería tan fácil como recoger muestras en la zona en la que has aerosolizado al patógeno y ver hasta dónde ha llegado la bacteria. El problema es que pensaron que la bacteria era inocua, que no haría daño a nadie y… Error fatal; la bacteria puede producir desde infecciones urinarias a infecciones respiratorias, meningitis y endocarditis, sobre todo en gente con el sistema inmune dañado como pueden ser personas con SIDA, tratamientos inmunosupresores o enfermedades sistémicas. Además, la bacteria es resistente a muchos antibióticos. ¿Cuál fue el resultado de jugar con esta bacteria? Pues después de tener a 800.000 personas inhalando millones de bacterias (que se suponían inocuas) durante 1 semana (del 20 al 27 de septiembre de 1950), se desencadenó un brote de infección nosocomial del tracto urinario en el Hospital de la Universidad de Stanford (18), con el triste resultado de once personas afectadas y un fallecido (además, a la familia del fallecido le hicieron pagar todas y cada una de las facturas del hospital, puesto que el gobierno no quería reconocer su responsabilidad en su muerte, dado que era todo un experimento secreto). El Washington Post se coscó del asunto años más tarde y publicó en 1976 un reportaje que no era muy halagador con los responsables del experimento. La gente se puso furiosa, como es lógico, al enterarse del asunto.
NOTA 2: Como curiosidad, decir que esta bacteria crece muy bien en el pan, lo cual, unido a la pigmentación roja que he señalado (por el pigmento prodigiosina (19)) le da un aspecto de pan “sangrante”, que podría estar detrás de muchos “milagros medievales”. En Bolsena, Italia, en 1263, mientras se celebraba una Eucaristía, vieron que el pan de la hostia consagrada parecía sangrar; no sólo eso, cuando el cura retiraba una capa de la supuesta sangre, salía más al cabo de un tiempo, lo cual fue visto como un milagro por la Iglesia Católica; la transubstanciación parecía confirmarse ante esta hostia sangrante. Hoy día la hostia se conserva en un relicario en la catedral de Orvieto. Se dice que, en base a este “milagro”, el papa Urbano IV estableció la fiesta del Corpus Christi, aunque no hay evidencia de que lo hiciera por lo ocurrido en Bolsena. Lo que sí hay es un fresco en el Vaticano pintado por Rafael, que conmemora el evento.

Entre las pruebas en los voluntarios sanos, cabe destacar la Operación Whitecoat, un programa de investigación realizado en Fort Detrick entre 1954 y 1973 (20). Los escogidos para estos experimentos eran soldados reclutas registrados como objetores de conciencia, muchos de ellos miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Los experimentos tenían el objetivo de conocer los efectos de las armas biológicas, así que se inoculó fiebre Q a los voluntarios en 1954, para luego ir probando con otros virus y bacterias. En total, unos 2.300 soldados participaron en el proyecto y se desarrollaron numerosas vacunas de muchísimas enfermedades. Por otra parte, ninguno de los voluntarios murió durante la realización de los experimentos (20), aunque muchos de los adventistas se quejaron de que no recibían toda la información adecuada sobre lo que les estaban haciendo (21).
Así que, gracias a este proyecto, EEUU consiguió desarrollar las vacunas de los patógenos más importantes que se emplearían en caso de guerra biológica, de modo que pudiera defenderse en caso de que les atacaran con este tipo de armas.
Pero no sólo desarrollaron vacunas o vieron hasta dónde se dispersaban los agentes patógenos; EEUU estableció en Pine Bluff, Arkansas, una planta industrial potentísima de desarrollo de bioarmas, llegando a cultivarse en masa microorganismos muy difíciles de obtener. Por ejemplo, llegaron a la producción de 450 litros a la semana de Coxiella burnetii (22), de 2.000 litros de producto terminado del virus de la encefalitis venezolana (23), de 650 toneladas al mes de Brucella suis… La producción no se detenía nunca, puesto que los patógenos debían ser renovados con cierta frecuencia. Lo que llegaron a almacenar podría haber afectado a millones de personas en todo el planeta de haber sido liberado de manera eficaz.
Pero llegó la Guerra del Vietnam, el movimiento hippy y una mayor sensibilidad hacia el medioambiente y hacia las armas de destrucción masiva (como las nucleares y éstas). La presión mediática y las protestas populares por lo peligroso que era tener este tipo de armas en suelo estadounidense, hizo que a la administración estadounidense no le quedase más remedio que tomar cartas en el asunto. Y es que en las protestas no sólo participaban ciudadanos estadounidenses anónimos, sino que una gran parte de la comunidad científica se puso en contra del desarrollo de Armas Biológicas.
Richard Nixon dijo que abandonaba el proyecto de investigación de armas biológicas en 1969, aunque hizo trampa (en general era un tipo muy predispuesto a hacer trampas, la verdad); simplemente redefinió qué era un arma biológica y qué no. Así, clasificó las toxinas biológicas (que son de las mejores armas biológicas) como armas químicas. Al final le pillaron (como le pillaron en otras ocasiones), y tuvo que abandonar completamente el programa ofensivo, toxinas incluidas, en 1970.
El USAMRIID sigue funcionando, como ya dije, en Fort Detrick, pero actualmente sus fines son defensivos. A fin de cuentas, en EEUU, aunque estuvieron interesados en otros momentos por el desarrollo de armas ofensivas, consideraban de mucha mayor importancia el desarrollo de armas nucleares y armas convencionales. Esta es la bomba atómica de los pobres, así que EEUU no la necesita; ya tiene muchas de las bombas de los ricachones.
En 1972 los Estados Unidos firmaron la Convención sobre la Prohibición del Desarrollo, la Producción y el Almacenamiento de Armas Biológicas y Toxínicas, una especie de Protocolo de Ginebra pero dirigido sólo hacia las Armas Biológicas y un poco mejorado; no sólo se prohíbe su uso en caso de guerra, sino que también, como su nombre indica, se prohíbe el desarrollo, producción y acumulación de productos venenosos excepto para medios defensivos o la investigación pacífica. Muchos países se han ido sumando al tratado desde entonces (180 en la actualidad); incluso fue firmada por la URSS, aunque, como veremos a continuación, se lo pasaron un poco por el forro. Realmente el tratado tiene muchas limitaciones, al no existir un proceso de verificación de que los que lo hayan firmado lo estén cumpliendo.

LA UNIÓN SOVIÉTICA
Los rusos se fliparon con estas armas, la verdad. Se llevan la palma de su desarrollo y producción; es el otro peso pesado de esta lista y gana por K.O. en el primer asalto. La historia del desarrollo de bioarmas en la Rusia soviética se remonta a poco después de la fundación del país y alcanzó unas cifras de producción propias de un supervillano loco de tebeo.
Ya en 1920, en la Academia Militar de Leningrado, controlada bajo la agencia de seguridad del estado, la GPU se desarrollaban armas químicas y se investigaba con las biológicas; algunos de los investigadores soviéticos (24) que trabajaron para la URSS señalaron años más tarde que se investigó sobre el tifus con seres humanos en el campo de trabajo de Solovkí (uno de los campos de prisioneros más importantes de la URSS, cerca de la frontera con Finlandia). Los mismos investigadores (24) apuntan a que durante la II Guerra Mundial, en 1942, se usó la tularemia contra las tropas germanas que invadían el país. No se sabe con certeza, aunque sí que se tiene constancia de un brote de unos 100.000 casos de esta enfermedad en 1943 en la URSS. Que dicho brote fuese intencionado o provocado aún es motivo de controversia, puesto que bien pudieran estar detrás de él las pobres condiciones higiénico-sanitarias que sufría el país en el transcurso de la guerra, especialmente la zona en la que se produjo el brote; los alrededores de Stalingrado (25).
En 1933 se dejaron las investigaciones en la Academia Militar de Leningrado y se constituye el Instituto Científico de Investigación Microbiológica del Ejército Rojo, que habría sido el responsable de desarrollar los instrumentos de aerosolización de la tularemia con los que se habría producido el supuesto ataque mencionado. Este Instituto recibió también información de lo que habían hecho los japoneses en la Unidad 731 cuando, como vimos, se capturaron a algunos de sus componentes. Asimismo, se estableció en 1946 una planta de fabricación de bioarmas en Sverdlovsk (hoy Ekaterimburgo, donde se asesinó al zar y a su familia y sirvientes) y otra en Zagorsk, cerca de Moscú, en 1947 (24). Fue en esta última donde se produjeron enormes cantidades por aquellos años de una cepa particularmente virulenta de un virus que se ve como bastante eficaz en caso de guerra biológica; el de la viruela. La cepa fue traída desde la India por un grupo de médicos que había ido allí a ayudar a erradicar la enfermedad.
Otros muchos institutos y fábricas de investigación y producción se establecieron por todo el país. La URSS firmó el tratado sobre Armas Biológicas que hemos citado antes en 1972, sí, pero eso no le impidió seguir con su programa e, incluso, fortalecerlo. Quizás por miedo a que los EEUU estuviesen mintiendo acerca de sus intenciones, quizás porque pensaron que sí que era cierto que los EEUU habían dejado de fabricar este tipo de armas y que fabricarlas concedía un tipo de ventaja en la Guerra Fría, lo cierto es que los rusos aumentaron la producción, e incluso fundaron en 1973 (un año después de firmar el tratado) el programa Biopreparat, que ha pasado a la historia como el programa de producción de armas biológicas más grande que ha existido jamás. Este programa incluía unos 50.000 miembros (9.000 científicos entre ellos), 18 institutos de investigación, 6 plantas de producción y un almacén (26) y fue posible gracias a la insistencia de Yuri Ovchinnikov, vicepresidente de la Academia Soviética de Ciencias, que insistió ante el Secretario General Leonid Brezhnev sobre la importancia del desarrollo de estas armas. Los rusos investigaban con muchísimos patógenos, incluso desarrollaron cepas resistentes a antibióticos de algunos de ellos, lo que habría puesto muy difícil el tratamiento de los afectados en caso de que se usaran las armas. También investigaron el modo de dispersar los patógenos, de producirlos en cantidades industriales o incluso sobre la manipulación genómica de algunos de ellos. Y, en muchos casos, tuvieron éxito.
Los americanos tenían ciertas sospechas de lo que estaban haciendo los rusos gracias a los aviones espías U-2 y, sobre todo, gracias a un terrible suceso que ocurrió en Sverdlovsk en 1979 (recordemos, con el tratado ya firmado). El 2 de abril de ese año se produjo lo que se conoce popularmente como el “Chernobyl biológico” en esa ciudad; esporas de carbunco fueron accidentalmente liberadas del edificio de investigación Sverdlovsk-19a, lo cual ocasionó 79 afectados por la enfermedad, con 68 muertes (aunque las cifras exactas no son del todo conocidas). El accidente se produjo por una sucesión de descuidos; el cultivo de ántrax ha de secarse si uno quiere obtener el polvo fino lleno de esporas necesario para poder aerosolizarse y así ser usado como bioarma. Mientras se seca tiene que haber una salida hacia el aire exterior por tubos de escape de todos los gases producidos en el proceso. Lógicamente, es indispensable que esos tubos tengan filtros que impidan pasar las esporas hacia el exterior. Así pues, el 30 de marzo, un técnico retiró uno de los filtros para limpiarlo mientras la secadora no se estaba usando. Dejó un aviso por escrito, pero el supervisor no anotó esto en el libro de registros, como debiera haber hecho; es por ello que el supervisor del siguiente turno no encontró inconveniente para usar la secadora. En pocas horas se descubrió que faltaba el filtro y la máquina se paró de inmediato, pero ya era tarde; millones de letales esporas se habían dispersado por el ambiente y los trabajadores de una planta de cerámica situados cerca del centro enfermaron a los pocos días. Si el viento hubiese soplado en otra dirección ese día y hubiese enviado las esporas a la ciudad en vez de a la fábrica vecina, el desenlace podría haber sido miles de personas afectadas y muertas.
El accidente fue tan grave (y la enfermedad tan sospechosa) que las autoridades soviéticas no pudieron ocultarlo mucho tiempo; el carbunco es una enfermedad que, normalmente, sólo produce casos aislados de su forma cutánea, y no suele presentarse de una forma tan letal (a no ser que, claro está, lo estés manipulando). Dijeron entonces que el brote había sido causado por carbunco intestinal, al consumir las personas afectadas carne contaminada de animales de la zona. Lo cual es… Cómo decirlo… ¿Muy raro? Porque el carbunco intestinal es muy poco frecuente y menos que se presente en tanta gente en tan poco tiempo. Pocos se creyeron la excusa, pero no había manera de confirmar lo que los rusos estaban haciendo.

Sin embargo, en 1989 llegó la primera de las respuestas a este suceso (y la confirmación de los peores temores de los americanos) de la mano de Vladimir Pasechnik. Este señor era un microbiólogo ruso, pero no uno cualquiera, era el mismísimo Director de Biopreparat. Desertó de la Unión Soviética a Reino Unido y alertó de que, bajo el aspecto de inocentes laboratorios civiles de investigación, la URSS había creado un inmenso arsenal de armas biológicas, y que el famoso incidente del que se llevaba años discutiendo sobre su origen natural o no, era en realidad un accidente por la creación de bioarmas (27).
Pasechnik no era un don nadie; había sido uno de los mejores alumnos del Instituto Politécnico de Leningrado y había ascendido rapidísimamente en el Ministerio de Defensa. Incluso había sido capaz de desarrollar una cepa de Yersinia pestis (el causante de la peste) resistente a los antibióticos (27). También, bajo su dirección, se estudió la modificación de los misiles de crucero para poder propagar nubes de patógenos en aerosol. Pero, poco a poco, fue sintiéndose peor con su trabajo y con todo lo que Biopreparat significaba; no sólo estaban violando el tratado sobre las armas biológicas, sino que estaban jugando con fuego; habían sido capaces de emplear cepas de viruela aun cuando la enfermedad ya había sido erradicada del planeta. Aquello ya no solamente transgredía la Convención de 1972, sino que violaba también las limitaciones de la OMS a los depósitos de viruela que les había entregado para que los tuvieran bajo custodia. De hecho, jugar a hacer el burro con la viruela una vez que estaba erradicada, ponía en peligro a todo el maldito planeta.
Por todo ello, Pasechnik ideó su fuga, y en 1988 vio su oportunidad; le permitieron volar a Toulouse para firmar un acuerdo con un fabricante francés de equipos de laboratorio médico. Lo que hizo el microbiólogo fue irse corriendo con su familia a la Embajada Británica en París y pedir asilo. Al poco de cantar La Traviata ante los británicos, la URSS negó cualquier acusación. Pasechnik luego vivió en Wiltshire y trabajó en el Departamento de Salud del Reino Unido, en Porton Down. Más tarde fundaría Regma Biotechnologies, dedicada a la investigación de la tuberculosis y al desarrollo de fármacos alternativos. Murió de un derrame cerebral en 2001.
De acuerdo, bien podría pensar uno que todo lo dicho por Pasechnik podría ser las mentiras de un desertor que busca cobijo y larga lo que sea para que crean que es importante y le den protección. Pero es que la cosa no acabó ahí…

Una vez caída la Unión Soviética, el kazajo Kanatjan Alibekov, médico y microbiólogo, también hizo las mismas acusaciones… ¿Y quién era este hombre? Pues era el segundo de al frente de Biopreparat y, una vez acabada la Guerra Fría (en 1992), emigró a los Estados Unidos y confirmó todo lo que había dicho su antiguo superior hacía unos años. Luego se nacionalizó estadounidense (ahora se llama Ken Alibekov), trabajó para el gobierno americano y ahora es profesor en la Universidad de Nazarbayeb en Kazajastán.
Alibekov ha recibido críticas a lo largo de su vida (por diferentes motivos), pero no se le puede reprochar ser un desertor. Como coronel de las fuerzas soviéticas, permaneció en su puesto hasta la disolución de la URSS, no desertó mientras ésta existía y tuvo que aguantar largos interrogatorios de la CIA en sus primeros años en América. De modo que no creo que podamos poner en duda lo que dijo. Por otra parte, cabe destacar que confesó que la URSS había usado Burkholderia mallei (el agente del muermo) en la guerra de Afganistán, contra los combatientes afganos y sus caballos (24).
Por otra parte el presidente ruso Boris Yeltsin realizó una confirmación oficial; sí, la URSS había realizado durante años una acumulación impresionante de patógenos para ser usados como bioarmas y había profundizado mucho en los conocimientos en esta área. Y sí, lo de Sverdlovsk no había sido carne contaminada. También se dejó que, en enero de 1991, una delegación de científicos visitara Rusia para comprobar que dicho programa ya había sido paralizado de inmediato. A cambio, una delegación rusa iría a EEUU para hacer lo mismo (los científicos rusos confirmaron que EEUU ya no tenía un plan ofensivo en estas armas y todo se centraba en le defensa).

Resulta que la delegación internacional que fue a Rusia descubrió que el premio gordo de Biopreparat, su base más tocha y más impresionante, se encontraba en la isla Vozrozhdeniya, en el mar de Aral (ahora está ubicada en el actual Uzbekistán y ya no es una isla, porque con la tan conocida desecación del mar de Aral ha quedado unida al continente). Aquí establecieron los soviéticos en 1948 un entramado gigantesco diseñado para la producción de armas biológicas. La ubicación era óptima; una isla relativamente grande cercana a la costa y alejada lo bastante de la frontera con otro país como para que pudiera permanecer en secreto. El complejo recibió el nombre de Aralska-7 y se construyó un aeropuerto, un puerto y unas dependencias para poder alojar a los 1.500 miembros del personal. Dicho pueblo recibió el nombre de Kantubek y quedó abandonado y en ruinas luego de la finalización de Biopreparat. Los niveles de contaminación en el pueblo (y en la isla en general) eran altísimos y costó unos 5 millones de lereles descontaminar la zona años más tarde, en un programa llevado a cabo por Uzbekistán y EEUU.
Aquí se investigó sobre la peste, la brucelosis, el ántrax y la viruela, entre otros. Incluso se realizaron pruebas al aire libre con aerosoles y con misiles que pudieran portar los patógenos y dispersarlos en el aire, lo cual tal vez explica la muerte periódica de peces o de antílopes en la zona, e incluso un brote de viruela ocurrido el 30 de julio de 1971, que tuvo como resultado la infección de 10 personas y la muerte de 3 de ellas (28). Al parecer, un barco de investigación del mar de Aral, ajeno a lo que se desarrollaba en la isla, se acercó a unos 15 km de la costa, cuando estaba prohibido estar a menos de 40 km de la misma. Una técnico de laboratorio de dicho barco tenía que tomar muestras de plancton dos veces al día desde la cubierta, y en una de esas maniobras, se infectó con viruela que había sido testada al aire libre en la isla unos días atrás. Al volver a su casa en un pueblo de Kazajastán, la pobre mujer infectó a varias personas, entre ellas, unos niños, que fueron los que murieron. También otro miembro de la tripulación contrajo la enfermedad. La solución vino rápida porque se pilló a tiempo el brote, se llamó al Jefe del Estado Mayor del Ministerio de Defensa y la KGB prohibió salir a nadie del pueblo, con lo que se evitó que todo el país se infectara. Si no murió mucha gente en el pueblo fue porque muchos de ellos estaban correctamente vacunados y la respuesta fue bastante rápida, vacunando y tratando a la gente del pueblo lo antes posible (aunque fue difícil; la cepa liberada era especialmente virulenta y causaba una viruela hemorrágica de aúpa).
En 1992 las cosas cambiaron; Rusia firmó junto con EEUU y Reino Unido un acuerdo que ponía fin a todo el programa ofensivo y que decía que los países firmantes sólo se preocuparían de desarrollar programas de defensa y de la investigación médica. Sin embargo, muchas de las instalaciones de Biopreparat no fueron nunca correctamente destruidas (a pesar de que se enterraron con cal viva toneladas y toneladas de Bacillus anthracis en Vozrozhdeniya) y algunos tienen miedo de que unos pocos de los científicos que se fueron al paro tras la cancelación del programa Biopreparat no se hayan tomado muy bien su jubilación anticipada y estén vendiendo sus conocimientos al mejor postor (como grupos terroristas). Asimismo, preocupa el paradero desconocido de algunos equipos de investigación e, incluso, de algunas muestras de laboratorio. Supongo que hoy día, en pleno 2018, que no hayamos tenido noticia aún de esos científicos o esos materiales de laboratorio, tranquiliza un poco porque parece que la amenaza se ha diluido y que ni los medios de laboratorio ni los científicos han sido reclutados para atacar a la población por algunos desaprensivos. Aunque nunca se sabe…
¿Con esto finaliza la historia de las bioarmas y la guerra bacteriológica? Pues no, qué más quisiera yo. Para empezar, no se sabe qué podrían haber en secreto muchos otros países; puede que países herméticos como por ejemplo Corea del Norte hayan investigado estas armas, aunque no hay nada demostrado. Además, en este caso concreto parece que su interés principal es la investigación de armas nucleares. Tampoco se puede saber con certeza absoluta lo que hiciera EEUU una vez desaparecido un enemigo como la URSS, al no tener una contrapartida que sospechara de que estuviera haciendo investigaciones en este campo y lo denunciara. Pero qué se yo. Lo que queda claro es que hay que hablar, por último, de…
IRAK
Está ampliamente demostrado que Irak poseyó, en momentos determinados de su historia bajo el régimen de Saddam Hussein, de armamento químico. Durante la terrible guerra con Irán, saltaron todas las alarmas en marzo de 1984, cuando Irán comenzó a enviar a hospitales de Europa a algunos de sus soldados, que estaban heridos con quemaduras producidas por una sustancia química, que estudios posteriores demostraron como gas mostaza. La República Islámica de Irán pidió que se organizara una delegación de Naciones Unidas (1) para que investigaran lo que había ocurrido y… Sí, los miembros de esta delegación reconocieron que se había empleado armas químicas en el conflicto (y ninguna arma biológica). No sólo se emplearon contra los enemigos iraníes; Saddam Hussein ordenó llevar a cabo la operación Al Anfal (literalmente: botín de guerra, se llamó así por la Sura al-Anfal, del Corán) contra los kurdos del norte del país, a los que acusaron de ser aliados de los iraníes. Esta terrible campaña de ataques químicos contra la población kurda se engloba dentro de lo que se conoce como Genocidio kurdo (29) que costó miles de vida entre 1986-1988; las cifras estimadas son de entre 50.000 y 182.000 asesinatos (no sólo kurdos, sino que otras minorías étnicas fueron duramente masacradas) (30). Fue el primo de Saddam, Ali Hassan al-Mayid, quien dirigió las operaciones, lo que le valió el nombre de Alí el Químico. Cabe destacar, entre otras atrocidades, el ataque con gas venenoso a la ciudad de Halabja entre el 16 y el 19 de marzo de 1988, en el que murieron entre 4.000 y 5.000 kurdos, la mayoría mujeres y niños, lo que les valió a Alí y a Saddam la muerte por ahorcamiento años después de la invasión de Irak.
Lo cierto es que, a pesar de todos los atropellos que el régimen de Saddam cometió contra iraníes, kurdos y otras minorías, gozó de una total inmunidad al acabar la guerra, salvo la condena por unos pocos países como Suecia. A fin de cuentas, la guerra entre Irán e Irak no le importaba mucho al mundo Occidental, en el sentido de que no había una preferencia por qué bando ganara el conflicto; EEUU vendió armas tanto a Irak como a Irán en determinados momentos del conflicto, y éste acabó sin una claro vencedor (aunque con ambos países muy dañados y miles de víctimas).
Así pues, quedó claro que Irak tenía armas químicas y, sobre todo, que no había tenido reparos en usarlas contra la población y los soldados enemigos. Es por ello que el 2 de agosto de 1990, cuando a Saddam le pareció una gran idea invadir el país vecino que tenía al sur; Kuwait, cundiera el pánico sobre sí volvería a usar este armamento. Seis días después de la invasión EEUU envío un importante despliegue de soldados junto a tropas británicas y, posteriormente, de la Liga Árabe, para hacer que las tropas iraquíes se replegaran. La I Guerra del Golfo había dado comienzo y terminó el 24 de febrero de 1991, tras la operación conocida como Tormenta del Desierto (con una participación de 800.000 hombres, 500.000 de ellos norteamericanos). Como he señalado, hubo bastante miedo a que se usaran armas químicas contra las tropas que luchaban contra Irak y por ello se les entrenó para protegerse de este tipo de armamento, pero lo cierto es que nunca se materializó dicha amenaza.
La guerra finalizó y a Saddam se le dejó continuar en el poder, una vez que retiró sus tropas. Hubo una serie de sanciones y una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exhortaba a Irak a destruir todas sus armas de destrucción masiva, pero eso fue todo. Se creó una comisión especial de las Naciones Unidas, la UNSCOM, para verificar que dichas armas eran destruidas; dicha comisión tendría permiso para hacer visitas sorpresas al país y comprobar que se desmantelaban las armas y las instalaciones para la fabricación de las mismas.
Es entonces cuando entró en juego una importante mujer iraquí. Hasta ahora había confirmación de que Irak había investigado, desarrollado e incluso usado armas químicas pero… ¿Qué pasaba con las armas biológicas? No había momento confirmación de que Irak las hubiera desarrollado (aunque había enormes sospechas), lo cual hubiese violado la Convención de 1972… Pero ¿y si lo hubiese hecho?

Los miembros de la UNSCOM se encontraron en 1993 con Rihab Rashid Taha al-Azawi, una microbióloga iraquí, que trabajaba en una instalación de investigación conocida como Al Hakam. Ella les dijo que sólo se encargaban de la producción de pesticidas en esa planta, nada más. Pero unas investigaciones posteriores (31) descubrieron que la cepa que habían empleado de Bacillus thuringiensis, de la que es cierto que se extraen insecticidas biológicos, no producía la toxina con la que se consigue el pesticida, así que sospecharon que la estarían usando para otra cosa. De hecho, en un informe posterior (32) de la UNSCOM (en 1999) se confirma que esta bacteria y otra, la Bacillus subtilis, habían sido empleadas en pruebas de desecación de esporas y dispersión (es decir, que estaban investigando sobre cómo usar patógenos como bioarmas). Por ello, a Saddam, ante las pruebas, no le quedó más remedio que confirmar, en 1994, que había tenido un programa de investigación de Armas Biológicas (aunque no reconoció aún que las hubiera desarrollado, sólo investigado). La única de las instalaciones (Salman Pak) dedicada a esas investigaciones ya había sido destruida en un bombardeo durante el conflicto de 1991, según señalaron las autoridades iraquíes. Lo que no dijeron es que el centro donde trabajaba la doctora Rashid Taha, Al Hakam, era en realidad otro centro de investigación para el desarrollo de este tipo de armas, cosa que habían conseguido con creces. Quisieron que se mantuviera en secreto, haciéndola pasar por un centro de producción de levadura para piensos.
NOTA 5: Nassir al-Hindawi fue descrito como el padre del programa de armamento biológico iraquí, pero fueron Rihab al-Taha (apodada como Dra. Germen) y Huda Salih Mahdi Ammash (conocida como Mrs. Anthrax) las dos principales responsables del programa de bioarmas. La doctora Taha fue descrita como una de las mujeres más peligrosas del mundo. Había recibido una educación occidental en Reino Unido, y fue quien convenció a Saddam Hussein de que ampliaran y desarrollaran el programa de bioarmas, hasta tal punto que fue ella la responsable del desarrollo del carbunco en enormes cantidades. También se encargó de negar ante UNSCOM que en sus laboratorios se produjesen armas biológicas, aunque años más tarde, en 1999 perdió los papeles en un interrogatorio ante las evidencias de la UNSCOM y admitió que se habían creado armas para producir ántrax, cáncer de hígado, gangrena o que habían producido cantidades enormes de ricina.
Al poco de comenzar la guerra, fue capturada por EEUU, que tenía un especial interés en tenerla bajo custodia. También fue capturada una colega suya, la ya mencionada doctora Huda Salih Mahdi Ammash. Esta última era la número 53 de los 55 más buscados al inicio de la invasión (el cinco de corazones en la famosa baraja de naipes que identificaba a las personas por las que EEUU tenía más interés) y la única mujer entre ellos. Al igual que su compañera, también había estudiado en el extranjero, concretamente en la Universidad de Missouri-Columbia y a la vuelta a Iraq había ayudado a establecer el programa de armamento biológico. Además, era de las pocas mujeres con liderazgo dentro del partido Ba’ath. Al final, ambas mujeres cooperaron y fueron liberadas en Jordania en diciembre de 2005. Taha sigue viva, Ammash murió en 2016
El problema fue que las investigaciones de la UNSCOM, como he dicho, tiraron por tierra todas las coartadas del régimen de Saddam; uno podía ocultar muy bien las instalaciones, pero era mucho más complicado ocultar los pedidos de medios de laboratorio que Irak había hecho a determinadas industrias extranjeras. Así, se pudo saber que en 1988 Irak había importado más de 40 toneladas de medios de cultivo para bacterias (33). También se supo que firmas alemanas y francesas habían provisto de incubadoras y medios de laboratorio al Instituto Iraquí Estatal de Producción de Pesticidas. Incluso se habían hecho con muestras biológicas procedentes de los EEUU al decirles que las necesitaban para investigación médica; entre lo obtenido se encontraban muestras de ántrax, virus del Nilo Occidental, Brucella melitensis, Clostridium perfringens o muestras de toxina botulínica (1). Es cierto que gracias a estos materiales Irak desarrolló vacunas, pero también los destinó al desarrollo de Armas Biológicas. Por tanto, en Al Hakam se produjeron en masa litros de carbunco, así como la purificación de toxina botulínica, ricina y aflatoxina (34). También habían investigado como conseguir la dispersión de estos patógenos y de estas toxinas. Por otra parte, en 1998 apareció un artículo en el periódico británico The Sunday Times (35) que habla de la experimentación iraquí con humanos, en concreto, con prisioneros de guerra iraníes. En el artículo se habla de un experimento con 10 prisioneros, que, supuestamente, fueron llevados a la frontera desértica entre Irak y Arabia Saudí, atados a postes y expuestos a la detonación de una bomba con carbunco, que los habría matado por hemorragias internas. También hace referencia a experimentos crueles en Salman Pak en la década de 1980.
Sea como fuere, lo más demoledor fueron las declaraciones de Hussein Kamel al-Majid, responsable del complejo militar iraquí y yerno de Saddam Hussein. Kamel desertó en agosto de 1995 y se dio el piro hacia Jordania, donde confirmó que se habían producido en masa toneladas y toneladas de agentes biológicos destinados a las bioarmas (36). Como el informador no era un mindundi, sino alguien con información de primera mano, Saddam reconoció, en 1995, toda la verdad: había producido armas biológicas, no sólo las había estado investigando.
NOTA 6: Por cierto, Kamel no salió bien parado de su deserción. Saddam habló con su hija al poco de las declaraciones de Kamel, que había acompañado a su marido en su exilio, y le dijo que perdonaría a su yerno si retornaba a Irak. Supongo que quería a su hija de vuelta y consideraba que el programa de producción de Armas Biológicas, ahora que se había descubierto el pastel, ya no tenía validez ninguna y era mejor pararlo. Kamel y su esposa, Raghad Hussein, volvieron a Irak confiados en el perdón de Saddam. Nada más cruzar la frontera, se detuvo a Kamel y se le dijo que se le iba a divorciar de su esposa, de modo que dejaba de ser yerno de Saddam. Sin embargo, Saddam le dijo que le perdonaba y que quedaba libre a pesar de la traición… Fueron los parientes del propio Kamel, con el propósito de limpiar la deshonra de su clan por la traición, quienes lo mataron junto a su hermano (que también le había acompañado en la deserción) en un tiroteo que duró 13 horas.

Así pues, ya se sabía todo el asunto; Irak tenía o, al menos, había tenido armas químicas y biológicas. Aun así, Saddam tuvo la osadía de anunciar, el 31 de octubre de 1998, que dejaba de cooperar con UNSCOM, así que les daba un tiempo para que se largasen del país. También dijo, por otra parte, que dejaba el programa de desarrollo de estas armas y de que ya no le quedaba ninguna arma de destrucción masiva. No le creyeron, así que empezó la conocida Operación Zorro del Desierto, una campaña de bombardeos realizados por EEUU y Reino Unido que sembraría Irak de bombas del 16 al 19 de diciembre para destruir las instalaciones iraquíes que supuestamente se destinaban a la fabricación de armas químicas, biológicas y nucleares. El resultado fue de unas 600 a 2.000 muertes y la destrucción de todas esas instalaciones.
En 1999 el Consejo de Seguridad creó la Comisión de las Naciones Unidas de Vigilancia, Verificación e Inspección (UNMOVIC), que quería proseguir con lo que estaba haciendo la UNSCOM hasta que les expulsaron; verificar que Irak no tenía ya armas de destrucción masiva. A Saddam no le quedó más remedio que aceptar las investigaciones de esta nueva Comisión.
El 7 de diciembre de 2002 Irak entregó a los inspectores internacionales un informe de 12.000 páginas en el que asegura que no tenía ya armas de este tipo. Tras años de investigaciones por la UNMOVIC, por fin recibían este informe (que significaba una gran cooperación por parte de las autoridades iraquíes, que hasta entonces habían prestado poco o nula) y pidieron un plazo para analizarlo, de modo que se aplazara la invasión que la administración de Bush estaba planeando… Les mandaron a freír espárragos; la guerra ya estaba decidida y ningún informe iraquí o de la propia UNMOVIC iba a cambiar nada. Colin Powell, Secretario de Estado de los EEUU, presentó unas endebles pruebas (unas pocas fotografías de aviones espías y satélites) de laboratorios móviles que, supuestamente, estarían produciendo armas de destrucción masiva. Con eso les bastó para decir que Irak tenía armas de destrucción masiva y comenzó la tan tristemente famosa invasión de Irak de 2003.
Un mes, sólo un mes después de que Powell compareciera presentando esas pruebas, UNMOVIC presentó un informe trimestral en el que comunicaba que Irak había colaborado proporcionando nombres de muchas personas que en 1991 habían participado en la destrucción de estas armas prohibidas. También señalaron que en las unidades móviles que esgrimía Powell, una vez inspeccionadas, no habían encontrado pruebas de actividades ilícitas relacionadas con el desarrollo de este tipo de armamento. Como ya les habían avisado, no importó; la invasión siguió su curso.
En 2005 Iraq Survey Group, un grupo internacional compuesto por miembros civiles y militares, concluyó que el programa iraquí de desarrollo de Armas Biológicas había sido abandonado entre 1995 y 1996 (37), como resultado del miedo ante nuevas sanciones por parte de la ONU. Creo que a día de hoy, en 2018, cuando ha pasado ya más de una década de todo aquello, queda demostrado que Irak, a fecha de 2003, no poseía ya armamento biológico, (aunque es una suposición mía, claro está, pero se me hace raro que tras todo lo acontecido no se haya encontrado nada de nada… ¿No?).
Con esto finaliza (por ahora) la historia de la Guerra Biológica, aunque, lógicamente, no hay certeza alguna de que no se sigan produciendo este tipo de armas o que no se vayan a producir en el futuro.
HISTORIA DEL BIOTERRORISMO
Visto lo visto, uno podría pensar que este tipo de armas no son de lo mejorcito para ser usadas por los ejércitos, demasiadas complicaciones (como la posibilidad ya comentada de que afecte a tus propios hombres), por no decir que está prohibido su desarrollo, y que resulta un poco difícil ocultar que estás produciendo patógenos a toneladas… Pero ¿qué pasa con el terrorismo? Si a algo tenemos miedo es a una enfermedad que nos mate a casi todos en cuestión de días, de modo que parece que un ataque con estos patógenos podría ser útil si uno quiere que la gente entre en pánico para que luego los Gobiernos se plieguen a tus demandas…
Lo cierto es que la historia del bioterrorismo no es muy extensa; parece ser que esta gente prefiere métodos más tradicionales (o más simples, con camiones y furgonetas, como hemos tristemente hemos descubierto hace poco). De acuerdo, este tipo de armas son más fáciles (mucho más) de desarrollar que las Armas Nucleares, también es cierto que hacen falta pocos medios, pero eso no quiere decir que esté chupado; hacen falta amplios conocimientos de Microbiología, Biotecnología e incluso Ingeniería (si uno quiere sofisticar su ataque), cosa que no está al alcance de cualquier descerebrado que quiere emplear el terror. Por otra parte, también requiere un especial cuidado a la hora de su preparación si uno no quiere acabar inhalando o infectándose de lo que no debe…
Se tiene constancia (1) de que Al Qaeda tenía entre sus planes el desarrollo de Armas Biológicas. ¿Que cómo se sabe? Porque una noticia, fechada en Washington el 31 de diciembre de 2001, comunicaba que Osama Ben Laden, al salir por patas de Afganistán, se dejó un ordenador en su guarida; dicho ordenador pasó por varias manos hasta que un periodista de The Wall Street Journal se hizo con él y luego llegó a manos de la CIA. El proyecto de desarrollo de estas armas estaba en un fichero con el nombre en clave de Al Zabadi (Yogur).
Al parecer, el proyecto era tan sólo eso, un proyecto que jamás se materializó de ninguna forma. Realmente los talibanes no estaban en principio muy interesados en desarrollar este tipo de armas; únicamente se empezaron a interesar dada la insistencia de los medios de comunicación occidentales en señalar lo peligroso que sería que los terroristas tuvieran ese armamento. Según Ayman Al Zawahiri, ideólogo de Al Qaeda, “a pesar de su extremado peligro [de estas armas], sólo nos hemos dado cuenta de ello cuando el enemigo nos ha llamado la atención con su insistencia sobre lo simple que resulta producirlas” (1).
Visto que esta amenaza talibán no se ha materializado, me gustaría pasar de ellos y exponer aquí los tres acontecimientos relacionados con el bioterrorismo más importantes de la historia reciente, dado que han sentado las bases de actuación y han dado una imagen de que pasaría en caso que ocurriese un ataque bioterrorista a gran escala. Iremos en orden cronológico, no en orden de importancia, por motivos prácticos:
LA SECTA DE BHAGWAN SHREE RAJNEESH
Estamos en 1981 en el condado de Wasco, Oregón. Los seguidores de Bhagwan Shree (en sánscrito, “Señor Dios”) Rajneesh, una secta basada en raras combinaciones de filosofía hindú, sexo libre y chorradas varias, acaban de comprar un rancho de casi veintiséis mil hectáreas por unos 5 millones de dólares. El grupo de iluminados venía desplazado desde Poona, la India, porque allí habían sido acusados de venta de drogas y otras ilegalidades, cosa que el grupo siempre negó.

Había bastante gente adinerada en el grupo (38), empezando por su gurú, Bhagwan Shree Rashnísh (también se le llamaba Osho o, como lo conoció luego la prensa, gurú del sexo, por sus pensamientos acerca de las relaciones sexuales), un indio calvo, con barba y, especialmente, muy charlatán (y muy pero que muy rico, tenía una enorme colección de coches de lujo, destacando 90 Rolls-Royce). Sus seguidores se conocían como sannyasins y cantaban y hacían el moñas mientras trabajaban entre diez y doce horas diarias en el rancho. Fue así, gracias al trabajo de sus seguidores y, especialmente, gracias a su pasta, que aquella tierra se convertiría en una pequeña ciudad con decenas de edificios, una sala de reuniones de casi 9.000 m2, hotel, casino, discoteca, festival anual de verano de casi 14.000 personas etc. Al principio, los lugareños les dieron la bienvenida, pero luego comenzaron los roces; la secta quería cada vez más terrenos y había gente que no estaba dispuesta a abandonar su hogar pese a todo el dinero ofrecido. Los seguidores de la secta no se tomaban bien las negativas y comenzaron a comportarse de forma agresiva con algunos de ellos.
Pero los problemas se agrandaron cuando muchos miembros de la secta se asentaron en una población vecina llamada Antelope. Este pequeño pueblecito contaba sólo con setenta y cinco habitantes, de modo que no les fue difícil empadronarse y hacerse con el control del Ayuntamiento al poco tiempo, dado que arrasaron en las elecciones municipales (39). Fue así como cambiaron el nombre a la población, llamándola Rajneesh, y convirtiendo el único negocio del pueblo en una cafetería vegetariana llamada Zorba el Buda. Los habitantes de Antelope que no eran miembros de la secta empezaron a estar un poco hasta el gorro de las gilipuerteces de esta gente y comenzaron las protestas.
También cabe destacar que la ciudad que habían creado en el rancho recibió el nombre de Rajneeshpuram, en honor al líder de la secta, y crearon su propio cuerpo policial: las Fuerzas de la Paz (que irónico, el nombrecito), conformada por sesenta miembros a los que armaron hasta los dientes. Como cuerpo policial, no sólo se comportaron de manera autoritaria con miembros de la secta y gente ajena a la misma, sino que tuvieron acceso a los programas estatales de entrenamiento para el refuerzo de la ley y a las bases de datos de delitos del estado de Oregón (39). Lo sé, flipante. Al menos, el FBI no se fio mucho de ellos y no le dio acceso a toda la información.
Los funcionarios estatales estaban bastante nerviosos ante el crecimiento continuo de la secta. Oregón tenía leyes liberales sobre el censo electoral, y eso lo sabía bien la secta; invitaron a miles de sin techo de Nueva York (39) y otras ciudades en lo que parecía un acto de benevolencia que escondía un intento por hacerse con el control electoral del condado de Wasco (a más personas de la secta viviendo allí, más votos). Saltaron las alarmas en las cabezas de algunas personas, como Dan Eriksen, funcionario del condado que no veía con buenos ojos a aquella panda de iluminados cantadores pacíficos cuando las cámaras asomaban y violentos armados cuando tenían ocasión de demostrarlo.
Erisksen vivía en The Dalles, la sede del condado. Esta ciudad quedaba bastante cerca del rancho, y los seguidores de la secta solían acudir allí a comer, especialmente a bares de comida vegetariana. Fue precisamente en uno que comía el señor Eriksen donde se desencadenó un brote de gastroenteritis terrible; trece empleados y docenas de clientes enfermaron al comer ensalada contaminada por Salmonela. Algunos incluso decidieron demandar al dueño del bar.

El Departamento de Salud Pública de Wasco recibió numerosas llamadas en los días siguientes reportando nuevos casos de salmonelosis. Carla Chamberlain (39), una enfermera del departamento de Salud Pública, se dio cuenta que este brote tan grande no guardaba relación con ninguno de los brotes de años anteriores; la cepa de Salmonella typhimurium era completamente distinta a las otras cepas de años anteriores. Además, el brote aumentaba en afectados día a día; personas con diarreas especialmente severas que en algunos casos requirieron ingreso hospitalario. Setecientos cincuenta y un caso de salmonella confirmados (1) aunque, milagrosamente, nadie falleció.
Era todo muy sospechoso; los restaurantes donde se servía la comida con la que luego la gente caía enferma se situaban cerca del rancho, a lo largo de la carretera interestatal 84. Fue entonces cuando se pidió ayuda a los CDC, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades y al Servicio de Inteligencia Epidemiológico. Llegados al lugar, iniciaron una enorme investigación epidemiológica… Lo examinaron todo; los suministros de agua, la temperatura de los restaurantes, la cadena de manipulación de alimentos, el ganado, la leche, las ensaladas… Todo. Y no encontraron nada. Concluyeron que no había habido una contaminación deliberada de los alimentos (39).
El juez de Oregón William Hulse (39), jefe de una comisión de tres miembros que regulaba los asuntos de tierra, no creía que todo aquello fuese natural. Recordaba un evento que había sucedido un año antes del brote; cuando la comisión fue a realizar una inspección obligatoria del rancho, fueron transportados bajo el mando de Ma Anand Sheela (líder de la comuna y secretaria personal del gurú, siendo ella casi la única persona con la que éste se comunicaba, ya que no hablaba con nadie porque se había autoimpuesto un silencio público de 4 años por no sé qué chorrada) en una furgoneta. En un tramo del camino, la furgoneta pinchó rueda y todos tuvieron que bajar. Mientras cambiaban la rueda, les sirvieron a los miembros del comité unos vasos de agua. Al poco de volver a sus casas de la inspección, Hulse cayó enfermo y estuvo a punto de morir por diarreas que precisaron de hospitalización. Hulse, junto con la enfermera Chamberlain, fueron las figuras predominantes que insistían que los responsables de todo aquello eran los iluminados del rancho.

Se tardó más de un año en conocer la verdad, a pesar de que los habitantes del condado tenían clarinete quiénes eran los responsables de la enfermedad que habían padecido. El 16 de septiembre de 1985, debido a tensiones dentro de la secta, el mismísimo Bhagwan, el gurú, rompió su voto autoimpuesto y dio una conferencia de prensa. Acusó públicamente a Sheela y sus aliados de fascistas y de haber impuesto un régimen de terror en el rancho. No sólo eso, los acusó de ataques bioterroristas a las personas del condado. Todos los acusados se habían dado el piro a Europa días antes de las declaraciones de Bhagwan…
El FBI no esperó más y entró a saco en el rancho. Allí, en diferentes laboratorios (39), encontraron muestras de salmonella que una enfermera de la secta había pedido a una empresa de material médico de Seattle; las cepas resultaron ser idénticas a las que habían producido el brote un año atrás. También descubrieron que los dirigentes de la secta habían estado colocando micrófonos ocultos en toda la ciudad del rancho; de modo que sabían todo lo que decían los miles de seguidores para así poder controlar a posibles desertores. Por otra parte, encontraron listas con nombres de dirigentes políticos e incluso, al propio fiscal del estado, porque, según parece, tenían previsto matarlos envenenándolos.
¿Cómo habían sido capaces de almacenar tanto material biológico sin levantar sospechas? Porque la enfermera, una filipina llamada Ma Anand Puja (también conocida por algunos miembros de la secta que no se llevaban muy bien con ella como “Enfermera Mengele”), al figurar como dirigente de una empresa médica (empresa englobada dentro de todo el entramado de la secta), podía hacer estos pedidos a empresas como la de Seattle, la VWR Scientific, con la excusa de que hacía investigación sanitaria (1). En total, hicieron acopio de Francisella tularensis, Shigella dysenteriae, Neisseria gonorrhoeae, Enterobacter cloacae, Salmonella typhi, Salmonella paratiphy…
Las conclusiones a las que se llegaron fueron las siguientes: Sheela, Puja y otros, habían usado patógenos para envenenar a disidentes de la secta y habían planeado envenenar a todos los habitantes de The Dalles, ya que tenían pensado hacerse con el control del gobierno para las elecciones que se avecinaban. Así pues, los brotes no eran más que pruebas que hicieron para ver si funcionaba el intoxicarlos, dejarlos en muy mal estado y así, que no pudieran votar. De esta forma, la secta arrasaría en las elecciones.
Estos miembros de la secta habían investigado muchos venenos, toxinas, virus y bacterias y se decantaron por la Salmonella typhimurium (39) por ser una bacteria que, como veremos en las próximas entradas, no es muy letal, de modo que sólo intoxicarían a la población y no los masacrarían (aunque puede ser letal en determinadas situaciones). De este modo, dos comandos de sannyasins armados con viales llenos de bacterias, recorrieron los restaurantes de la zona envenenando las ensaladas, la leche para los cafés o las salsas de queso azul cuando tenían una oportunidad de acceder a las cocinas.
Al final, la mayor parte de todos estos colgados fueron detenidos. Los que habían huido a Europa fueron detenidos en Alemania Occidental; extraditadas a EEUU, Sheela y Puja recibieron una condena de 20 años de cárcel cada una (39), aunque sólo cumplieron 4 años por buena conducta. El gurú Bhagwan cumplió diez años, acusado de violar las leyes de inmigración (aunque se demostró más tarde que estaba al tanto de todo y que había aprobado los envenenamientos; incluso había sugerido ambiguamente la masacre de todos los habitantes) y luego se marchó de los EEUU para no regresar jamás. Pocos países le quisieron acoger y volvió a la India a dar allí la chapa.

Este es el primer caso de los 3 que vamos a ver. No generó muchas alarmas, incluso pasó un poco desapercibido en los años 80; que una comuna de iluminados rarunos en el remoto Oregón hubiesen intoxicados a un porrón de gente no generó mucha alarma social (excepto en el propio Oregón, claro está). No tiene ni punto de comparación con la alarma generada en el último caso; sin embargo, demostró que unas pocas personas, armadas con un pequeño y rudimentario laboratorio y con unas cuantas bacterias, habían sido capaces de intoxicar a 751 personas en unos ataques tan simples como audaces. Si no hubiese sido por los problemas en la propia secta, quizás jamás hubiesen sido detenidos, dada la incapacidad de las autoridades de distinguir un brote provocado de un brote natural.
LA SECTA AUM SHINRIKYO
La cosa, como se ve, va de colgados metidos en sectas. Este caso en concreto, nos lleva a Japón, a la mañana del 20 de marzo de 1995; ese día llegaba una alarmante noticia desde Tokyo: unos terroristas habían atacado a los pasajeros del metro colocando unas bolsas rellenas de un gas tóxico en los vagones y pinchándolas con paraguas para que saliese el gas. Los terroristas se habían dado a la fuga. El resultado era la muerte de 12 personas y la intoxicación de miles con gas sarín, de forma que a algunos de los afectados les han quedado secuelas para el resto de sus vidas. El gas empleado era el gas sarín, que es un arma química, no biológica, y constituye uno de los venenos más potentes; está clasificado como arma de destrucción masiva y su producción y almacenamiento es ilegal. Es un agente nervioso que actúa inhibiendo la acetilcolinesterasa, de modo que los músculos no se relajan y la muerte se acaba produciendo por asfixia, al ser el sujeto que lo inhala incapaz de respirar.

La investigación llevó a las autoridades japonesas ante la secta Aum Shinrikyo. Este grupo había sido fundado hacia finales de los 80 por Shoko Asahara, un gurú medio ciego que se había vuelto rico dirigiendo una cadena de centros de meditación (40). En los 80 Shoko hizo un viaje a la India y cuando volvió aseguró ante sus seguidores haber alcanzado la iluminación. Mediante dotes de persuasión, Shoko va alcanzando aún más adeptos (especialmente entre estudiantes universitarios) y funda la secta Aum Shinrikyo, basada en una mezcla de budismo, cristianismo, Yoga, escrituras de Nostradamus… Y más chorradas; Asahara se había declarado a sí mismo como Cristo (41) o Cordero de Dios, portador de la verdad absoluta y todas esas pijadas que estos iluminados cuentan a sus seguidores.
Aunque reticentes al principio, en 1987 las autoridades japonesas les dieron el estatus de religión, de forma que los años siguientes la secta creció exponencialmente, incluso saliendo a otros países. Aum Shinrikyo contaba con cincuenta mil miembros en seis mil países y una fortuna valorada en mil millones de dólares (40), puesto que aunque algunos de sus miembros eran de estratos bajos, muchos otros eran miembros de la élite japonesa; oficiales de policía, licenciados, profesores…. El caso es que el grupo también contaba con una visión teológica basada en el fin del mundo, el Armagedón nuclear y conspiraciones de judíos, masones, holandeses… Las chorradas de siempre, ya sabéis. Es por ello que decidieron atacar a la población japonesa, con el objetivo de acelerar el inminente apocalipsis que Asahara profetizaba, aunque otros piensan que su objetivo era derrocar al emperador japonés e instaurar a Asahara en el trono.
Fuesen cuales fuesen los motivos que impulsaron a estos zumbados a actuar, lo cierto es que las investigaciones posteriores condujeron a las autoridades ante una secta que quería hacerse con todo tipo de armas de destrucción masiva. Si estamos hablando de ellos es porque hicieron muchos intentos de conseguir armas biológicas, e incluso nucleares (40), aunque parece ser que en sus dos ataques (puesto que se descubrió que habían protagonizado otro en Matsumoto en el que murieron 7 personas y del que se había culpado a un hombre inocente) se decantaron por las armas químicas, diseñadas por un miembro de la secta, un químico llamado Seichi Endo (40). Pero también se encontraron sofisticados laboratorios en los que se habían intentado producir armas con ántrax, botulismo y fiebre Q. Incluso un ex-miembro de la secta había alertado a las autoridades en 1993 de que el grupo había intentado esparcir gérmenes de carbunco desde el tejado un edificio en pleno Tokyo (1). Si el intento resultó fallido fue porque el aerosol que habían ideado no era muy efectivo y lo hicieron a plena luz del día, de forma que la luz del Sol mató a muchos patógenos. Incluso les requisaron un helicóptero ruso en una finca a los pies del Fujiyama conocida como Kamakuishki, lo que hacía sospechar que tenían planes para lanzar gases, toxinas o esporas a la población (1).
Lo cierto es que la secta sí que había logrado cultivar muchos patógenos, entre ellos Bacillus anthracis, Vibrio cholerae, Coxiella burnetii o la toxina botulínica (1). La cuestión es que parecían no haber comprendido los puntos básicos de diseminación de los gérmenes; a fin de cuentas la aerosolización de todo lo que has producido es uno de los puntos más importantes de la fabricación de bioarmas, y también un quebradero de cabeza que sólo USA, Reino Unido o la URSS o Irak supieron sortear. Es por ello que la secta intentó contactar con científicos soviéticos una vez que la URSS cayó, pero las ofertas no fueron satisfechas (1). Por otra parte, también tuvieron muchas dificultades para conseguir los patógenos, y no todas las cepas que obtuvieron eran lo suficientemente virulentas; tenemos que entender que en otras ocasiones, como los iraquíes o los rajneshees, se obtuvieron los patógenos pidiéndolos a las autoridades de EEUU, a la Colección Americana de Cultivos Tipo, mientras que los de esta otra secta habían intentado conseguir por sus propios medios (a partir de muestras para vacunas de animales, por ejemplo). Quizás éste fuese uno de los motivos que los empujó a usar el gas sarín, el cual sí fueron capaces de producir en cantidades industriales.
Varios miembros de la secta fueron capturados en los años posteriores, aunque algunos permanecieron a la fuga hasta bien entrado el 2012. Doce de ellos han sido condenados a muerte en la horca, el propio Asahara incluido. Las ejecuciones han sido pospuestas, de modo que a día de hoy siguen en esperando que se cumpla la sentencia. Por cierto, la secta cambió de nombre, pidió perdón a las víctimas y ahora predican la no violencia.
Este desgraciado asunto dejo clara una cosa; que un grupo de chiflados (eso sí, con mucho, muchísimo dinero) eran capaces de hacerse con armas químicas o de producir patógenos, fallara luego el mecanismo de dispersión. Las autoridades no debe fiarse de la ineptitud de los criminales; se deben tomar medidas, porque bien puede venir otro grupo de lunáticos (o no tan lunáticos) y no cometer esos mismos errores…
LAS CARTAS CON CARBUNCO (AMERITHRAX)
Este es el último caso y, en lo que a bioterrorismo se refiere, es el más importante, el que generó mayor alarma social y también el más extraño en cuanto a lo que motivaciones se refiere.
El 11 de septiembre dos aviones se estrellan contra las Torres Gemelas. Otro lo haría contra el Pentágono, en Washington y un último avión se estrelló en campo abierto, cerca de Shanksville, Pensilvania. Estos ataques se cobraron la vida de más de 3.000 personas y dejaron unos 6.000 heridos. Creo que no hace falta comentar el pánico vivido en EEUU y la paranoia subsiguiente en ese país y en casi todo el mundo occidental. El caso es que, en medio de todas las tensiones, apenas 7 días de esos ataques, aparecieron unas cartas muy sospechosas. Una tenía sello de Trenton (Nueva Jersey), y estaba dirigida a la sede del periódico The New York Post y la otra estaba dirigida a Tom Brokaw, periodista de la NBC. Esta última carta ponía el siguiente mensaje nada tranquilizador: “09-11-01. Esto es lo siguiente. Ahora toma penacilina (sic). Muerte a América. Muerte a Israel. Alá es grande”.

El 5 de octubre se produce el primer fallecimiento por carbunco por inhalación. Se llamaba Robert Stevens y trabajaba en un tabloide llamado Sun, que tiene la misma editorial (American Media, Inc.) que el National Enquirer, periódico al que se piensa que se envió otra carta que no se pudo encontrar (se deduce que se enviaron más de las dos cartas encontradas por dónde trabajaban los afectados); Stevens había sido ingresado 4 días en un hospital de Florida con una enfermedad no diagnosticada que le causaba vómitos y fallos en la respiración (42). En total, en esta primera oleada se piensa que se enviaron un total de 5 cartas (pese a que sólo se hayan encontrado 2, como he dicho) dirigidas a ABC News, CBS News, NBC News y el New York Post, todos con sedes localizadas en Nueva York, y al National Enquirer, con sede en Boca Raton, Florida.
La cosa no acabó ahí; una segunda oleada fue enviada el 9 de octubre. Esta vez eran dos cartas, con el mismo sello de Trenton que una de las cartas encontradas en la primera oleada, y estaban dirigidas a dos senadores demócratas: Tom Daschle (de Dakota del Sur) y Patrick Leahy (de Vermont). Era curioso que ambos senadores estuvieran en contra de la aprobación de la Ley Patriótica que la administración de George Bush quería aprobar tras los atentados del 11-S y que fue aprobada con abrumadora mayoría el 26 de octubre. Dicha Ley concede mayor libertad de acción a las distintas agencias de seguridad estadounidense y ha recibido duras críticas por organismos de derechos humanos (43).
La carta de Daschle fue abierta por un ayudante, Grant Leslie, y, después de leerla y comunicar a la policía el contenido de la carta, todo el servicio estatal fue cerrado de inmediato. La carta decía lo siguiente: “09-11-01. No puedes pararnos. Tenemos ántrax. Muere ahora ¿Estas asustado? Muerte a América. Muerte a Israel. Alá es Grande”. La carta de Leahy, por el contrario, había sido erróneamente dirigida al anexo postal del Departamento de Estado en Sterling, Virginia, porque el servicio postal leyó mal un código ZIP. Nunca se abrió y se ignora el contenido, aunque la carta fue encontrada y un trabajador de Sterling, David Hose, contrajo la enfermedad. Estas dos cartas tenían unas esporas de carbunco mucho más letales que las 5 primeras cartas; 1 gramo de esporas casi puras.

Los casos de carbunco inhalado se iban sumando; el segundo caso se detecta el 8 de octubre en la misma empresa que el primero. Otros cinco casos más también en la misma empresa, otro caso en un trabajador del periódico The New York Post… 22 casos en total, 11 de ellos con la forma de carbunco inhalado, la más mortífera. Cinco muertos: Stevens, dos trabajadores de la oficina de correos en Washington D.C. (Thomas Morris Jr y Joseph Curseen), una inmigrante vietnamita residente en el Bronx, Kathy Nguyen, y una jueza de Oxford Connecticut, de 94 años, Ottilie Lundgren (se ignora cómo pudieron infectarse estos dos últimos casos).
El caos y la alarma eran monumentales. De hecho, se hizo mundial: se evacuó la catedral de Canterbury ante una falsa alarma, en España el Ministerio de Defensa se preparó para eventuales ataques químicos o biológicos, la Ministra de Sanidad recomendó ir a los ambulatorios y no a urgencias para no colapsar los hospitales en caso de ataque (1), se disparó el consumo de ansiolíticos… La paranoia aumenta cuando aparecen por todas partes sobres o paquetes sospechosos, algunos con polvo blanco que simulan esporas para luego no ser nada (supongo que bromas pesadas de gente muy aburrida).

Las autoridades se pusieron a investigar, aunque era como dar con una aguja en un pajar. Viajaron a seis continentes, entrevistaron a 9.000 personas, realizaron 67 búsquedas y emitieron más de 6.000 citaciones (44). Después sospecharon que las cartas habían sido enviadas desde Princeton (Nueva Jersey), así que se pusieron a mirar buzón por buzón a ver si encontraban esporas que hubieran podido quedar en alguno de ellos. Examinaron 600 buzones postales hasta que, en uno, en la calle Nassau, dio positivo.
Parte de la prensa apuntó en un principio a terroristas yihadistas, dado el contenido de los mensajes. Incluso algunos dijeron que había sido Saddam Hussein; realmente algunos tenían interés en culpar a alguien de Oriente Próximo (45). Las autoridades no lo tenían tan claro; las esporas usadas eran prácticamente idénticas a las que había producido años atrás USAMRIID en Fort Detrick. La cepa, de hecho, tiene nombre; Ames, porque procede de un laboratorio situado en Ames, Iowa, de modo que todo apuntaba a que había sido alguien de allí. El New York Times recoge esa información y publica, citando a fuentes del FBI, un artículo señalando como culpable al microbiólogo Steven Hatfill (1), que trabajó para USAMRIID. Hatfill no sólo negó cualquier acusación, sino que acusó al New York Times y ganó el pleito. El FBI, por otra parte, no era capaz de reunir pruebas contra el señor Hatfill (aunque lo investigó a fondo) de modo que quedó en libertad y la investigación parecía haberse enquistado…

… Hasta que todo dio un vuelco. El 1 de agosto de 2008, la Associated Press informó que Bruce E. Ivins, de 62 años, microbiólogo estrella que había trabajado en Fort Detrick para USAMRIID durante casi 20 años, se había suicidado tras la ingesta de enormes cantidades de paracetamol. El FBI había sospechado mucho de él, incluso estuvo a punto de presentar cargos, pero no era capaz de reunir pruebas suficientes (46). El 6 de agosto, pese a que algunos seguían manteniendo que era imposible que ese hombre pudiera haber hecho algo así, los fiscales federales declararon a Ivins como único culpable del ataque. Aún hoy día, casi diez años después de la muerte de Ivins y más de 15 años después de los ataques, hay preguntas sin respuestas, como qué motivo a Ivins (o a otra persona, en caso de que no fuese él el culpable) a perpetrar los ataques. Porque lo único que era cien por cien seguro es que detrás de los ataques había un enemigo interno, no un grupo terrorista yihadista, dado el origen de la cepa (el Departamento de Justicia señaló que el frasco RMR-1029, al que Ivins había tenido acceso, era el responsable del ataque (47)). Hay algunos que apuntan a que Ivins tenía problemas mentales, otros, que quería forzar el que se aprobase la Ley Patriótica, que hay mensajes ocultos en las cartas que se enviaron… El sumario del FBI (47) señala que Ivins estaba sometido a una gran presión y un gran estrés por un programa de desarrollo de vacunas del que él era responsable. Según parece, la vacuna en la que había trabajado durante 20 años había sufrido duras críticas por parte de círculos científicos. Ivins tenía miedo de que el programa de la vacuna quedase interrumpido, de modo que estos ataques sirvieron para que el programa se reforzase, dado que las autoridades estadounidenses querían la máxima protección tras los mismos.
Si queréis profundizar en la investigación del Amerithrax, porque lo cierto es que hay bastantes lagunas, os dejo un interesante reportaje de «La noche temática» pulsando aquí
Sea como fuere, una cosa quedó clara: el pánico. El miedo creado por todo el globo con apenas unas pocas cartas, la paranoia generada hasta el punto que en 2001 la sociedad entera temblaba ante la palabra “ántrax”, demostró que el bioterrorismo es una amenaza muy seria. Y muy simple; bastaba con enviar unas pocas cartas con carbunco para que todo el mundo se pusiese nervioso (y acabar con la vida de 5 personas, claro). Sin pegar un solo tiro, sin atropellar a nadie, sin secuestrar aviones, el responsable había sembrado el terror hasta cotas que alcanzaban la histeria colectiva con sólo echar unas cartas al buzón…
Con esto pongo fin a este primer post. A continuación, dejo la bibliografía, te doy las gracias por haber llegado hasta aquí y te pido que continúes con el siguiente capítulo. Un saludo
BIBLIOGRAFÍA
Quiero hacer una mención especial al libro que coloco en el primer lugar de la biografía; me ha sido muy útil (y supongo que lo seguirá siendo) a la hora de elaborar este texto, por no decir que es el pilar que sustenta todo. Es un texto ameno escrito por unos autores con grandes dotes de divulgación. Lo recomiendo encarecidamente a todo el mundo que esté interesado en estos temas.
- García de los Ríos, J. and Jiménez Gómez, P. (2007). Hablemos de bioterrorismo. Madrid: Pearson Alhambra.
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